1 click

Hojeaba webs con promesas de una vida de cuento a tan solo 1 click. Un fin de semana en un castillo rehabilitado con todas las comodidades del siglo XXI. Unas zapatillas deportivas de gel anunciadas por modelos que zancada deformada para lograr la grácil y antihumana postura de la gacela. Un trabajo que podía hacerse desde casa, para el que no necesitabas formación específica, sino solo mucha voluntad. Estaba anunciado por una pareja idílica, llamémosles Antonio y María, que decían que desde hacía un año trabajaban los dos desde su propio hogar (y utilizaban esta palabra “hogar”). En las fotos habían puesto el cuidado de mostrar hierba brillante del jardín posterior de la casa.

1 click. 1 click. 1 click. Las zapatillas llegarían en apenas tres días. Se hizo la pregunta de si los cordones las tendrían en más colores. Cada uno de ellos sería una compra distinta por un importe menor. Se predispuso de forma negativa contra la compañía cuando supo que había dos buzones de email distintos para hacer reclamaciones. ¿Cúal sería el bueno? No podía perder tanto tiempo con solo unos cordones. Siguió comprando.

Pasar un fin de semana fuera de casa en su situación actual se le antojaba peligroso. Tendría que salir de casa. Seguramente habría wifi en el castillo-hotel. La huella quizá más deleble del siglo XXI. Una niebla que envuelve todos los núcleos habitables: tu casa, la oficina, las calles principales de cada ciudad y pueblo, los aeropuertos, las estaciones de tren,… Sí, habría wifi, pero durante el trayecto a Matalascabras de Arriba tendría que dejar en algún momento el móvil a un lado para mirar a la carretera. No podría comprar.

Existía la opción de contratar el traslado con un chófer privado. O incluso un taxi. Es más podría pagar el trayecto a través de una aplicación con cargo a tarjeta. El importe no superaría los 500 euros y sería una compra más. Pero tendría que aguantar la mirada inquisitiva del conductor. Seguramente haría preguntas. O quizá no las hiciera pero está claro que para el taxista, con lo observadores que suelen ser, no sería una carrera más.

Además, no había conseguido superar la sensación de mareo que experimentaba al mirar la pantalla en un lugar en movimiento. Algo que jamás le había sucedido con un libro en las manos. Es curioso el ser humano. No podría mantener el nivel de actividad de la última semana, ya que tendría que descansar la vista observando las montañas. Se dejaría embaucar por la paz del aire libre. El paisaje arrebataría su atención de la pantalla. No podía consentirlo.

Definitivamente, demasiadas complicaciones. Siguió mirando internet, hojeando páginas web, haciendo consulta sobre características de productos (colores, peso, precio, dimensiones,…), siguiendo los procesos de entrega de los cientos de paquetes que llegarían a su casa en las próximas semanas.

Tenían que estar muy cerca del objetivo.

En la lucha por simplificar la venta electrónica de productos, por rendir a los pies del consumidor la posibilidad de comprar cualquier artículo con la mejor experiencia de usuario, sobrecargarían las líneas, los suministros, las cadenas logísticas, la capacidad de los repartidores de entregar paquetes en un solo día, las vías de comunicación abiertas para las reclamaciones…

1 click. 1 click. 1 click. Pronto descubrió que la filosofía del 1 click tenía los pies de barro. Comprar de forma continua resultaba mucho más complicado que levantar ligeramente el dedo el índice y dejarlo caer sobre el botón “Comprar”. Por lo pronto estaba la tarjeta de crédito con todos sus límites. En unas era de 600 euros al día, en otras de 1.000. El límite podría elevarse, pero la estrategia de compra compulsiva que había trazado tenía un problema adicional. Cuando la entidad emisora de la tarjeta detectaba un patrón de compras anómalo (y pasar 13 horas al día haciendo compras electrónicas lo era) emitía una alerta que bloqueaba temporalmente la tarjeta.

En algunos portales la información de tarjeta estaba asociada a una sola dirección postal y, cuando introducía los datos de la nueva tarjeta de otra entidad distinta, tenía que volver a rellenar todos los datos postales. También estaban las caídas momentáneas del servicio, que se llevaban por delante todo el esfuerzo puesto en identificar un producto que no hubiera comprado antes -era fundamental no levantar sospechas y comprar artículos repetidos definitivamente lo haría- y era sin duda el avatar que más le ponía de los nervios. Pero con frecuencia el proceso de compra solo finalizaba cuando autorizaba con un código llegado a través del arcaico sms a su móvil.

En definitiva, comprar unas zapatillas deportivas no es hacer click.

Pocas semanas después del inicio de la ofensiva los conductores de los camiones de reparto comenzaron a llamarle por su nombre, Javier. Al principio temió por ello. Podrían descubrir que había algo oscuro detrás de un tipo que recibía paquetes varios días a la semana. Los camiones solo pasan por un punto de reparto una vez al día.

Uno de ellos era aún más desconcertante, porque le llamaba directamente Javi, como si fuera algún antiguo compañero de clase o hubieran estado jugando al fútbol el domingo pasado. Cada día le decía algo más que buenos días y el típico remate sobre el tiempo. Cada día perdían un poco más de tiempo en la entrega del paquete. Como un chico y una chica Un día vino lo inevitable y Pedrito, que así le hacía a pesar de la ausencia total de pasado en común, comenzó a hacer preguntas:

- Oye, Javi, y tú… ¿Qué es lo que compras?.
- Pues muchas cosas.
- Ya, pero como qué.
- Pues deportivas, deportivas de pádel, deportivas de fútbol, palas de pádel.
- ¿Entonces juegas al pádel?
- No, no es eso.
- ¿Tienes una web y vendes cosas que compras en otros sitios?
- Tampoco exactamente – dijo alargando las palabras para darse tiempo de masticar una respuesta inteligente- Es más complicado que eso.

Con eso removió el cuerpo con los gestos nerviosos de los que tienen prisa por resolver una conversación que ha durado demasiado y lo quieren hacer evidente. Se despidió y cerró la puerta. Mientras volvía al cuarto y a la certeza de que hay distancias que no pueden recorrerse no pensaba tanto en la impresión que podría haberse llevado Pedrito sino en el tiempo que había perdido esa mañana hablando con él y durante el que no había estado comprando.

Pocos minutos más tarde se preguntó frente a una taza de café si no le estaría cambiando el carácter y se estaría volviendo aún más taciturno. Alejó sus pensamientos revisando el whatsapp. Se sintió cobijado cuando vio grupos en los que había hasta 100 mensajes sin leer. Tenía más vida que el “1 click”.

Otro día Javi le preguntó que dónde metía tantas cosas. Era una cuestión a la que había dejado de prestar atención hacía muchos días. Cuando recibes el primer set de gimnasio te hace ilusión, hasta lo montas en el salón de estar. Cuando recibes el segundo, lo sacas de la caja para comprarlo con el primero. Cuando recibes el tercero, el cuarto o el quinto, lo único que hacen es estorbar. Frente a su casa estaba la puerta de atrás de un supermercado y una flamante línea de contenedores que siempre estaban llenos y nunca acababan de llenarse del todo. Hacía tiempo que la policía impedía que ancianos e indigentes se acercaran a rescatar los alimentos pasados de fecha. Era un buen lugar para ocultar sus innumerables cajas sin abrir. Todas las noches, veinte minutos antes de que pasara el camión de la basura, bajaba unas cuantas cajas.

La web había acabado por parecerle un laberinto de cristal. Pasar de un lado a otro siempre era posible haciendo click en un botón, usando el trackpack o tecleando un comando. Había un mundo siempre hacia adelante. El bucle, la distancia entre el inicio de la navegación y el punto donde terminaba su curiosidad, era infinito. Lo único que ponía fin al trasegar de información era sus límites humanos. Tenía que parar de comprar cuando le entraba sueño, cuando tenía que ir al baño o cuando comía, también cuando estaba cansado.

Con el paso de los días observó que la rutina que se había impuesto era demasiado laboriosa y que comenzaba a alargar los tiempos que no pasaba delante del ordenador. El café de media mañana se convirtió en una costumbre inevitable. Los primeros días prescindía de él. Luego, pasó a tomarlo una vez cada dos días. Luego pensó que era imprescindible seguir la prensa diaria, para comprobar si aparecía alguna referencia a la operación en los medios de comunicación, y decidió dedicar cinco minutos todos los días a hojear el periódico. Acabó por leer la prensa y hacer el sudoku a diario mientras el café se enfriaba en su taza.

Y lo mismo le pasaba con las tareas del hogar. Comenzó haciéndolas por el riguroso compromiso de que un desorden exacerbado no le restara la menor cantidad de tiempo de su obligación de comprar. Si dejaba que la casa se volviera un caos, tendría que emplear el doble de tiempo en arreglarla que si mantenía un mínimo orden. Pero con el paso de las semanas se fue regodeando en las tareas más sencillas, como hacer la cama, que de tres minutos de su tiempo pasó a ocupar diez. Un día se sorprendió ordenando los cajones del baño. Era la primera vez que lo hacía desde que se mudó a esa casa.

Al día siguiente de recibir las runners empezó a cavilar si habría alguna forma de automatizar el proceso de compra. Era consciente tanto de su vulnerabilidad a las distracciones como del creciente agotamiento mental. ¿Podría generar una herramienta que eligiera los productos que correspondieran con sus preferencias y sus requerimientos? ¿Conseguiría que fueran decisiones inteligentes por su edad, su género y su poder adquisitivo?

Lo primero que hizo fue buscar en Google para comprobar si alguien había desarrollado algo que pudiera valerle. Descubrió que la compra irracional e indiscriminada no había estado presente hasta la fecha entre las necesidades económicas de la población. Le dio pereza intentar desarrollar algo solo. Le dio pereza contárselo a un amigo. Pero pensó que sería la gran esperanza para la organización.

Había recibido instrucciones precisas de su contacto de que no intentara ponerse en contacto con ningún otro miembro de la organización. Pero él tenía un motivo. Creía verdaderamente en su idea, la automatización de las compras. La liberación del proceso del yugo humano permitiría un incremento exponencial que el sistema 1 click impedía si el que estaba al otro lado de la pantalla era un bicho que pensaba dos veces si necesitaba o no un exprimidor.

Paró las compras. Comenzó a leer páginas web de agencias de noticias, cadenas de televisión, radio, blogs,… Hizo búsquedas. Hizo un pequeño intento de saber qué era la deep web y dónde podía encontrarla. Estaba convencido de que la operación tendría que pasar por ahí. Tanteó por chat a un amigo de un amigo. Estaba seguro de que, de estar en marcha una gran conspiración, él estaría al tanto. Harto de chocarse contra un muro en el mundo digital, revisó la pila de periódicos que había leído durante los cafés mañaneros de los últimos treinta días.

Nada. Nada de nada. Amazon no estaba al borde del colapso. DHL y UPS funcionaban con normalidad. No se hablaba de avalancha de compras electrónicas. Las entidades financieras no habían detectado movimientos irregulares en sus tarjetas de crédito.

Cabían dos posibilidades: o estaba solo o el sistema había sido capaz de soportar la compulsividad de millares de individuos.

 

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